lunes, 7 de febrero de 2011

Yo me caeré a lo largo de mi vida, pero espero que tengais claro que me levantaré las veces que haga falta.


Me volví a encontrar delante de aquel gigante de cemento decorado con sobrios ladrillos que se elevaba unas ocho plantas por encima de mi.
Aquel lugar me producía escalofríos y naúseas de los nervios que se colaban por cada parte de mi cuerpo.
El sol posaba sus rayos en la fachada principal intentando invitarme a entrar - pero a quien vamos a engañar- creo que aún así tendría que hacerlo.
Allí olía a todo menos alegría. El olor a desinfectante era lo único que mi olfato distinguía entre tanta multitud y estrés.
Los pasillos eran largos, interminables. Colmados de dolor y de cansancio de las personas que lo transitaban. También había fantasmas con sus batas blancas y largas, con su expresión intacta, que para algunos que en aquel corredor esperaban alguna noticia, ellos eran su vaga esperanza de felicidad, ya que esta pocas veces se colaba por estas paredes que recogían más que simples lamentos.
Cada diez pasos conté que habia un ventanal que daba a un patio, donde aún quedaba alguna flor que no resistiría mucho en aquel triste lugar.
Al final del corredor estaba aquella sala que había visto por primera vez años atrás. Seguía igual. Intacta. Y la cuarta puerta. Odiosa cuarta puerta.

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